VI VERI VENIVERSUM VIVUS VICI


dimanche 4 novembre 2007

CONSTRUCTORES - El secreto en la Iniciación y en el simbolismo

Rafael Alarcón en su Libro A la sombra de los templarios nos dice que "los constructores intentaron, en la realización arquitectónica, la plasmación de su ocultismo, porque en la Edad Media el edificio no era una simple estructura funcional, respondía a una función, pero en otro sentido. Modelar la materia, trabajarla y proporcionarle una forma determinada, era algo más profundo, iba más allá del trabajo técnico, porque el fin de la materia no era representar o albergar a la divinidad para invocarla, sino que era realmente un medio por el que la divinidad se expresaba. Siendo pues una cualidad de la materia el albergar en su seno a la divinidad, a la idea superior, trabajarla adecuadamente era hacerla expresiva permitiendo de este modo que lo divino pudiera comunicarse a través de ella, dar un mensaje a los hombres.


Por eso el aprendizaje del oficio no podía ser un vulgar acto de memorización técnica, o meras prácticas de habilidad manual. Debía ser, por encima de todo un querer conocer íntimamente la naturaleza del Cosmos, del Universo -en el sentido amplio del término-, del modo más completo posible. El aprendiz, debía integrarse, hasta donde el poder de captación lo permitiese, en la esencia de la Tierra, de la vida, por medio de la experiencia personal en el contacto con la materia. Debía por ello de "iniciarse".


A la vez precisaba un perfecto conocimiento de los símbolos, su significado y sus interpretaciones, a fin de hacer posible el sincretismo que permitiera saltarse las normas ortodoxas imperantes con el mínimo peligro.
Bayard nos dice que "sólo a través de un esfuerzo continuado, a través del trabajo personal, se puede penetrar la filosofía de una profesión, cuyos secretos son comunicados únicamente por los maestros más experimentados.
Se comunican mediante enigmas: el alumno debe realizar un esfuerzo de asimilación, debe investigar. Estos conocimientos no se comunican a nadie del exterior ni a los seres perezosos. El sentido interior, esotérico, se vela bajo el manto de una oscuridad voluntaria que sólo puede ser penetrada por los que poseen la primera letra. El lenguaje de la alquimia es alegórico.


Los sacerdotes tienen una forma secreta de comunicarse; sus libros pueden leerse en tres sentidos y a menudo emplean una escritura jeroglífica que les permite comunicarse mediante símbolos. Los druidas prefirieron la enseñanza oral, con lo que obligaban a la memoria a trabajar.


El hombre vive en sociedad; con el juramento de guardar el secreto sobre el que se asienta su grupo, que es donde se forma la base de la sociedad iniciática. Es necesario "marcar" al neófito mediante una ceremonia apropiada y hacerle plenamente consciente de su investidura. Procedente del mundo exterior, profano, se integra así en una nueva vida. El poder de la iniciación le transfigura. Tras su muerte simbólica, el paso a través de la puerta estrecha es el verdadero renacer. Para señalar este cambio de estado, este renacer, el individuo toma un nuevo nombre, como hace el rey al ser coronado, el Papa al ser nombrado o las religiosas al hacer los votos; en las sociedades iniciáticas, el individuo es "bautizado".


Por elevación de su pensamiento tradicional, esta sociedad no puede tener objetivos políticos o religiosos, ya que evita cualquier forma de dogmatismo. Es tolerante y sólo tiene reivindicaciones espirituales. Los símbolos hablan y se transmiten según el grado de desarrollo espiritual del individuo. Bajo la apariencia visible se penetra la esencia de los seres y de las cosas. La escultura arquitectónica llena todo el espacio que le está destinado sin preocuparse de las proporciones reales; los capiteles forman a menudo una serie y deben ser descifrados de norte a sur en el sentido de las agujas del reloj, pues están ordenados de tal modo que su emplazamiento preciso juegue con la luz y las sombras.


Toda religión ha velado sus enseñanzas; Clemente de Alejandría decía que "los misterios no deben ser revelados más que en un auditorio examinado de forma oral y no mediante escritos". Los druidas transmitían sus enseñanzas por vía oral; Jesús se expresaba mediante parábolas y San Mateo dijo (VII, 6): "No arrojéis vuestras palabras a los cerdos".
De este modo, el símbolo, lenguaje mudo, define el edificio religioso, sometido a la ley de lo ternario. En realidad se trata de una compleja red de influencias, tradiciones y costumbres en la que el pasado se incorpora al presente y cada detalle tiene su importancia. Los signos se multiplican e invaden todo el espacio. El triángulo equilátero es el de la Divinidad, pues posee todas las perfecciones, pero también se trabaja con el escaleno y, sobre todo, con el de Pitágoras. Para subir al altar, hay tres escalones y para acceder al pórtico hay tres, cinco o siete peldaños, siempre un número impar.
El círculo participa en el trazado regulador; el rosetón -o la rosa- es circular. Esta forma, absoluta e inmutable, es la imagen de un inicio sin fin; significa la eternidad. Su centro es el principio generador.


Aparte de las formas geométricas simples, los siete metales se asocian a las doce casas astrológicas... Sus atribuciones, retomadas por la Iglesia romana, se encuentran ya en las doctrinas del mitraísmo.


El cristianismo tuvo muchas influencias de las religiones anteriores, particularmente del druidismo, que permaneció activo hasta el siglo VI de nuestra era. Ceremonias como la de la misa, las vestiduras sacerdotales o la forma de nuestros primeros templos se encuentran ya en el pasado pagano. La catedral se edifica en el emplazamiento de un templo idólatra o de un menhir. El mito de la serpiente o el culto a la diosa madre, ya existían en civilizaciones muy antiguas, en todos los continentes. La cripta es el templo mágico; al igual que la cueva situada bajo la montaña sagrada poseía una cámara secreta.


Los libros sagrados de todas las religiones muestran esta universalidad de los cultos; las misma actitudes religiosas se alimentan de los mismos símbolos atávicos. En este simbolismo, el claustro -lugar intermedio entre la iglesia y el monasterio- toma la forma de un cuadrado con una fuente central; los jardines, que representan el tercer recinto, dan paso a la Jerusalén celestial.


El arquitecto debe sacar a la luz esta sabiduría, debe inspirarse en el pensamiento tradicional para poderla transmitir, pues su función es la de mensajero.

La Piedra y la Talla
Victor-Émile Michelet en Le secret de la chevalerie, escribe: "Aquellos que tallaron la piedra inscribieron el eco de la Palabra Perdida en el silencio secular de la piedra que escucharán los predestinados".
Almazán nos recuerda: "En cuanto al nombre hebreo de Dios, el tetragránmaton JHVH (Yod-He-Vav-He), que es impronunciable al carecer de vocales, los ocultistas dicen que es la clave cabalística de la llamada Palabra Perdida, que los masones identifican con el verdadero nombre de Dios, y que se revela ritualmente en la Masonería del Arco Real, de la Bóveda Sagrada o del Cuarto Grado (la esencia suprema masónica). En 1764 ya revelaba Lorenzo Dermott en su Ahiman Reson que la Palabra Perdida de Hiram es la pronunciación kabalística correcta del tetragrámaton".
El arte de la talla es decisivo e importante en toda la estructura de la construcción. Los rituales que realizaban los maestros talladores eran los más estrictos; este oficio, junto con el de los carpinteros, es el que guarda el valor iniciático más perfecto, rigurosamente transmitido.


Dice Bayard "La piedra cuadrangular se orienta como la piedra del altar, hacia los cuatro puntos cardinales. Mahoma venera la piedra angular, según las palabras de Isaías (XXVIII, 16-17): "He aquí que he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, piedra angular y preciosa, sólidamente asentada; el que en ella se apoye no titubeará. Y del derecho haré regla y de la justicia haré nivel".


La piedra angular se incorpora al edificio como parte superior de la bóveda celeste, y también como la "piedra rechazada" por los constructores; se convierte en la "cabeza angular" de la Escritura. San Mateo reproduce así la palabra de Jesús (XXI, 42): "La piedra que los edificadores habían rechazado, ésa fue hecha piedra angular; del Señor viene esto, y es admirable a nuestros ojos".


En el ritual de la masonería de Las Marcas, se dice: "La piedra que habían rechazado los constructores ha pasado a ser la piedra maestra angular". De hecho, la clave de la bóveda debe ajustar con precisión absoluta en el resto de la construcción y, en estos ritos de francmasonería, constituye la prueba de capacidad del candidato.
René Guénon, en Le Pierre angulaire, nos habla de la piedra angular y de la clave de la bóveda: "Es, propiamente, la piedra que "termina" o "corona" un edificio; y es también un capitel, que es el "coronamiento" de una columna".
Guénon observa que esta piedra sólo puede ser colocada desde las alturas, desde el exterior, lo que nos indica su carácter celeste. Por esta razón, el eje que atraviesa este orificio es el axis mundi, muy a menudo materializado en una plomada.


En la pieza maestra se deja la marca personal, la firma secreta que testimonia el poder creador del hombre. Estas marcas son idénticas a la famosa "piedra blanca" mencionada por el escritor Gerard de Nerval en su admirable Viaje a Oriente. La piedra totémica; simboliza la eternidad, la sabiduría. Tallada a imagen del hombre, se convierte en estatua e incluso puede tener espíritu. La piedra, antes de integrarse en las fastuosas catedrales, encierra en sí misma grandes secretos: la riqueza y la fuerza de los tres reinos. Esta raíz de la humanidad. Es el fruto de la unión entre el cielo y la tierra y representa la vida y lo sagrado, una realidad absoluta que hace vibrar los santuarios más herméticos.

El simbolismo de las herramientas
Bayard nos dice sobre el simbolismo de las herramientas que "la forma simbólica de la herramienta crea un orden de fuerza, un poder mágico que hechiza. Las herramientas son adoradas: no sólo se han de cuidar, sino que hay que aprender a emplearlas con amor, en el respeto de la tradición; la herramienta es el reflejo de la persona que la ha creado. El maestro, al entregar su obra, destruía todas las herramientas que había utilizado en el transcurso de su trabajo. La herramienta es la prolongación de la mano, se cuida y se decora; el útil es un talismán de buena suerte para quien lo posee. El principiante sólo podrá servirse de ellas tras un largo aprendizaje. El taller se convierte en un santuario; en él se trabaja al tiempo que se reflexiona y se medita. De la repetición de los mismos gestos nace una amistad entre los miembros de un mismo oficio, confraternidad que desemboca en un acto espiritual. Esta acción de realización interior es lo que constituye la base de los rituales iniciáticos, que tienen como objeto el perfeccionamiento del individuo mediante la unión del gesto y el pensamiento. Los útiles son la escuadra y compás, a los que hay que añadir la herramienta que distingue la profesión, con lo que suman tres quedando de este modo cargadas de un simbolismo de gran alcance".

La planta de las iglesias
Bayard señala que "se establece en función del culto, del simbolismo religioso y de la fe de los fieles. Antes de la época medieval, el templo era concebido en forma de rectángulo, generalmente con tres recintos; después se estableció la planta de cruz latina, por imitación del Templo de Salomón. Las basílicas antiguas pueden tener una planta rectangular o un sistema de cruces diversas, tal como se observa en Armenia. Hay ejemplos de formas hexagonales, octogonales, circulares, recintos triples con pasillos circulares, espirales y laberintos, pero ninguna planta ha sido impuesta por la liturgia.


No obstante el santuario es también la gruta, el centro iniciático por excelencia. Tiene el poder mágico de la cueva. Es un lugar donde se recibe vida y donde el cuerpo es enterrado; todo nace en esta matriz y todo retorna a ella. Jesús, Mitra, Zeus, Hermes, Lao-Tse y otros dioses nacen y son inhumados. Todos los que poseen una fe común y son perseguidos se reúnen en cuevas, lo que hace decir al inquisidor Bernardo Gui (1263-1331): "Durante mucho tiempo, los herejes han permanecido rebeldes a la luz, ocultándose ora en las montañas, ora en grutas y cuevas, como hacen los búhos y los hijos de las tinieblas".


Para aquel dominico cruel, experto en la persecución sin piedad de los herejes, autor de un Manual del Inquisidor, las cuevas sólo podían ser las claraboyas del infierno.


El mundo subterráneo en el que el sistema neural del neófito entra en contacto con las fuerzas telúricas, es el de la inmensa Paz, el del recogimiento a salvo de los ruidos y sucesos exteriores. En este aislamiento, el hombre puede concentrarse, meditar, orar; su pensamiento se regenera.

Los Cupulinos
Nos explica Bayard: "Las linternas (o cupulinos) de los muertos son pequeñas construcciones emplazadas en los cementerios, generalmente aisladas o situadas sobre un edificio. Más altas que anchas y abiertas por los lados, terminan en una lucernario o un campanil calado, de forma piramidal o cónica, a menudo con una cruz o un florón de piedra. Estas construcciones, románicas o góticas, aparecen a partir del siglo XII y desaparecen al final de la Edad Media. Tienen una función de vigilancia; en ellas se mantiene una llama continuamente encendida, que es a la vez una oración y un exorcismo: ahuyenta a los malos espíritus. Esta luz preserva a los vivos, vela sobre los difuntos y obliga a tener presentes a los antepasados. Quizás sean las "lámparas inextinguibles".


Laberintos y las criptas
Según nos dice Marcellin Berthelot, en La Grande Encyclopédie, "una figura cabalística que se encuentra al principio de ciertos manuscritos alquímicos y que forma parte de las tradiciones mágicas atribuidas al nombre de Salomón. Es una serie de círculos concéntricos, ininterrumpidos en ciertos puntos, de manera que forman una trayectoria chocante e inextricable".


La imagen del laberinto se nos presenta, pues, como emblemática del trabajo entero de la Obra -nos dice Fulcanelli-, con sus dos mayores dificultades: la del camino que hay que seguir para llegar al centro -donde se libra el rudo combate entre dos naturalezas-, y la del otro camino que debe enfilar el artista para salir de aquél. Aquí es donde necesita el hilo de Ariadna, si no quiere extraviarse en los meandros de la obra y verse incapaz de encontrar la salida".
Fulcanelli, apoyándose en la cábala, proporciona "a los investigadores sagaces algunos datos sobre el valor simbólico del famoso mito", en El misterio de las catedrales, asociando Ariane a la forma de airagne (araña), esa araña que representa a nuestra propia alma que teje nuestro cuerpo...


Dice Bayard que el dibujo simbólico del laberinto "ya era apreciado por los griegos y figuraba en las monedas y en los santuarios egipcios --.


Los laberintos del interior de las catedrales, en forma de intrincada red de meandros, ya no son construidos en las profundidades de la tierra, sino a ras de suelo.


Suelen tener forma circular, pero los hay que son octogonales e incluso cuadrados. El más conocido es el de Chartres. El laberinto de Saint-Quentin, se dice que cuando los Santos Lugares se hicieron inaccesibles, el peregrinaje a Tierra Santa fue reemplazado de forma simbólica por el recorrido, de rodillas, en este laberinto.
El laberinto es seguramente un mándala (que en idioma sánscrito quiere decir círculo). Es preciso alcanzar la zona del centro, lugar del eterno descanso que anima todo lo que se sitúa en la periferia. El Minotauro es parte de una etapa necesaria en el proceso de iniciación; su sangre regenera al que consigue dominarlo. El laberinto simboliza el camino de la vida; es el viaje iniciático que conduce de lo profano a lo sagrado.


Atienza nos recuerda en lo que a las Criptas se refiere que; "no faltan estudiosos que insisten, y no sin razón, en que muchos monasterios y templos se levantaban sobre lugares de poder marcados por el cruce de corrientes energéticas de la Tierra. En algunos casos, las columnas de ciertas criptas cumplían la función de agujas de una acupuntura terrestre, obrando, lo mismo que los menhires de la protohistoria, como conductores de las energías telúricas, para que éstas actuasen sobre quienes oraban o meditaban en aquellos antros especialmente sagrados, buscando absorber la fuerza espiritual que transmite la Madre Tierra a quienes saben buscarla y aprovecharla."

El emplazamiento y forma en que se ha de construir un Templo
Dice Bayard; que La iglesia que domina el pueblo se levanta sobre un cerro al igual que los dólmenes dominaban las zonas circundantes; la palabra es revelada sobre la montaña sagrada; hay que subir los peldaños de una escalera para alcanzar el lugar santo. En lo alto de la colina suele haber una fuente. Por lo general, las iglesias poseen pozos y, muy curiosamente, cerca de ellos suele velar una Virgen negra.


Para el emplazamiento original de la construcción ¿no se buscaría una fuente, un pozo? Para emprender la construcción de pozos muy profundos hay que disponer de excelentes zahoríes y no tener miedo a iniciar trabajos costosos y azarosos. ¿No indica esto una obligación litúrgica? Todo esto me lleva a pensar en las aguas vivas del bautismo, en las corrientes telúricas y en los campos de fuerza.


La elección del emplazamiento del templo lleva a la determinación del centro, del punto en el que se levanta el altar. Todo empieza en este núcleo del edificio y todo regresa a él. En el confluyen las fuerzas de atracción y emanación. Todo el edificio se ordena alrededor de este eje, un centro más del mundo. Mircea Eliade demuestra que la construcción del templo, de las casas y de la ciudad era solidaria con el mito cosmogónico: "Así como el Universo visible se desarrolla a partir de un Centro y se extiende hacia los cuatro puntos cardinales, así el pueblo se constituye alrededor de un cruce de caminos". Como veremos -sigue diciéndonos Bayard- a partir del trazado regulador del edificio, todos estos círculos trazados con el triángulo y el cuadrado inscritos ¿no corresponden a la emoción del arquitecto que, al contemplar la obra, llega a un estado espiritual de desdoblamiento? En la superación de su conciencia el creador se impregna de formas que le conducen a la búsqueda de la unidad divina. El emplazamiento, vinculado a las fuerzas terrestres, depende también de las fuerzas cósmicas. El lugar está relacionado con las constelaciones. Basándose en la astrología, Jean Richer trazó una serie de mapas en los que las influencias de unas ciudades sobre otras se explican a partir de las constelaciones.

Encontrar el emplazamiento justo no es tarea fácil y, sin embargo, las elecciones de los antiguos parecen muy acertadas: rigurosos análisis (como los de Jean Richer) y los aparatos de detección confirman que estos puntos están determinados por radiaciones y corrientes. Los fieles se reúnen en un lugar sometido a las emanaciones de una poderosa fuerza cósmica, a una irradiación saludable. El lugar sagrado no es escogido por el hombre, es descubierto por él".


Nos indica Bayard para explicar la consagración de los cimientos que por otro lado, "todo nos hace pensar que los primeros lugares de culto fueron parajes naturales. Los bosques, las rocas, las fuentes y las cuevas eran la morada de las divinidades. Las pinturas rupestres, con su empleo del color rojo ocre, hacen pensar en un culto basado en el sacrificio y en el valor de la sangre; la piedra misma es la morada de un dios y, de una manera general, un espíritu -como el de la muerte- puede introducirse mágicamente en la piedra. El edificio se beneficia de la presencia de espíritus que ayudan a los humanos.


El simbolismo de la cabeza cortada se observa en los ritos de construcción. Tarquino el Soberbio, séptimo y último rey de Roma, hizo edificar un templo dedicado a Júpiter; durante el asentamiento de los cimientos encuentra la cabeza aún ensangrentada de un hombre y a partir de entonces este edificio se llama "Capitolio". En muchos cuentos, las cabezas de los muertos hablan y aconsejan a los vivos, tal es el caso de las leyendas bretonas. Al pie de los megalitos se han encontrado numerosos huesos rotos y sabemos que los celtas golpeaban el cráneo del muerto con la ayuda de un "martillo bendito". El entierro de una cabeza santa, aun sin el cuerpo, santificaba el lugar.


Los cimientos del edificio religioso son así bendecidos mediante un rito mágico que con frecuencia se basa en la colocación de una cabeza, receptáculo de todos los misterios, sede de la iluminación interior. La cabeza del muerto emana una energía cósmica; el muerto, que ha conocido nuestro mundo, se encuentra ahora en otro medio y, de este modo, puede aconsejarnos.


Para propiciar la fuerza benévola de los espíritus invisibles, particularmente el de las divinidades subterráneas, es necesario sacrificar a un hombre: la sangre que riega la tierra es una verdadera ofrenda, muy del agrado de los dioses. Al verter su sangre, Jesús redimió nuestros pecados. Se sacrifica a los siervos, pero también sirven las cabezas de los enemigos muertos en combate, pues éstos, vencidos, se convierten en amigos y protectores, como lo son los fieles sirvientes. Este sacrificio, un rito corriente, no puede ser considerado un suplicio: la víctima, orgullosa de convertirse en un espíritu guardián, acepta entrar en el espíritu de la construcción, donde su doble espiritual protegerá a sus compañeros.
La inmolación de seres humanos y animales (caballos, toros, ovejas) está presente en todas las civilizaciones arcaicas. Se puede enterrar a un hombre bajo los cimientos -los llamados "pilares humanos"-, pero también se puede mezclar su sangre en la tierra o en el agua que después servirá para fabricar ladrillos o tejas.


La práctica del sacrificio humano ha sido demostrada por los arqueólogos. La Biblia sólo habla de ella por boca de Josué (VI, 26) y en el Libro I de los Reyes (XVI, 34), pero es indudable la existencia de reminiscencias de estos ritos en las inmolaciones de gallinas y corderos. La Biblia menciona con cierta frecuencia los sacrificios de toros y ovejas, como cuando David instala en el monte Sión el arca de Yahvé o cuando Salomón inaugura el Templo.


Las construcciones e inauguraciones de los templos han estado rodeadas de ritos muy complejos destinados a sacralizar el lugar. Estando ya exorcizado, este terreno es el lugar concreto donde se debe reconstruir el nuevo templo que sucede al anterior y que se beneficia de las purificaciones antiguas, pues la magia sigue activa".


Reconoce Bayard que; "Ignoramos los motivos que llevaron a escoger un determinado emplazamiento sobre el que los templos se fueran reconstruyendo sucesivamente. Podemos pensar en las corrientes telúricas, pero nuestros antepasados ¿tenían la posibilidad de medir eficazmente esos influjos?" Sobre esas intensidades vibratorias, dice Bayard: "podemos pensar que nuestro cerebro es capaz de registrar informaciones sensoriales de manera intuitiva o telepática; la radiestesia ha materializado, sin duda, un efecto de la polaridad. En los últimos tiempos, muchos grupos han querido estudiar racionalmente las radiaciones emitidas en un determinado lugar y, de hecho, se han concebido diversos aparatos para escuchar la enseñanza de la geografía sagrada. En Suiza existe un Instituto de investigación geobiológica, fundado por Blanche Merz en Chardonne, que ha escrito diversas obras en las que demuestra la importancia de los cursos de agua, principalmente en Chartres y en las rutas de peregrinación. Ya en 1935, Charles Diot había escrito les Sourciers et les monuments mégalithiques (los zahoríes y los monumentos megalíticos), hasta tal punto es cierto que estos monumentos, realmente enigmáticos, parecen ser mojones que señalan corrientes subterráneas. Sin embargo, ignoramos las verdaderas razones que han hecho que un sitio se prefiera a otro (quizá sea la proyección de las constelaciones sobre el terreno, como sugiere Jean Richer). El "alma del lugar" permite erigir diversos templos en el mismo sitio y los fieles experimentan estos influjos, que les proporcionan las mejores condiciones para el recogimiento y la oración, aunque no puedan ser medidos con precisión".


Dice Bayard que "el imago mundi y el simbolismo del centro materializan el mito cosmogónico con su orientación ritual. Todos los edificios religiosos están orientados. Desde las pirámides egipcias y mexicanas hasta los templos hindúes y chinos, en todos ellos encontramos la preocupación por situar el templo en una posición y orientación determinadas.
Como indica Émile Mâle, a partir de las Constituciones apostólicas, la Iglesia romana y católica orienta sus iglesias sobre el eje que va de levante a poniente; el templo toma, a menudo, la forma de cruz latina; el coro se sitúa hacia oriente, mientras que el pórtico se abre hacia occidente.


Todas las iglesias de la antigüedad se abren hacia la parte de poniente, mientras que el coro está orientado hacia el lugar por donde sale el sol en el día del aniversario del santo a quien a sido dedicado el santuario. Todas las iglesias dedicadas a la Virgen están orientadas hacia el punto en que el sol se levanta el 15 de agosto.
La parte norte es la región del frío y según las creencias de las tinieblas, donde reinan y habitan las fuerzas del mal. Sin embargo, según la tradición, Thule es el centro nórdico de excelencia; la nueva religión que ahora se implanta lucha contra la mitológica que venera esta región del polo y que podemos asimilar al Antiguo Testamento; por el contrario, las nuevas revelaciones se efectúan a la luz del Nuevo Testamento y se sitúa en el sur, donde el sol alcanza su apogeo.. El baptisterio se coloca por ello en el lado norte, a la entrada de la iglesia; Y aquel que quiere introducirse en la religión Cristiana como procede del mundo de las tinieblas debe de someterse a un proceso de purificación mediante la acción del Bautismo para asi poder acceder al mundo de la luz. La fachada oeste, que es por donde pasan los fieles, mira hacia el mundo de los muertos, que es el lugar por donde se oculta el sol; esta fachada es decorada con escenas del Juicio Final, un lugar donde puede reposar la cabeza y el cuerpo del que ha dejado este mundo.


Según Fulcanelli: "todas las iglesias tienen el ábside orientado hacia el sudeste; la fachada, hacia el noroeste, y el crucero, que forma los brazos de la cruz, de nordeste a sudoeste. Es una orientación invariable, establecida a fin de que fieles y profanos, al entrar en el templo por Occidente y dirigirse hacia el santuario, miren hacia donde sale el sol, hacia Oriente, hacia Palestina, cuna del cristianismo. Salen de las tinieblas y se encaminan a la luz".


Y Bayard haciendo referencia a la Luz nos dice“simboliza la naturaleza misma de la divinidad. Todas las doctrinas, todos los misterios, todas las iniciaciones, reflejan esta búsqueda de la Luz. Buda es el “Rey de las Cien Luces”, Juan rinde “culto a la Luz”, los francmasones son los “Hijos de la Luz”, lo mismo que los esénios. Esta luz indefectible, citada tanto en el Zohar como en el Corán, el Bhagavad Gita, ha dado origen a esas lámparas inextinguibles que encontramos en las leyendas románicas, pero también en el viaje de San Brendan y en la tumba de Christian Rosenkreutz. La llama brilla continuamente sobre el altar cristiano; es el ritmo primitivo que crea una vibración etérea.


La luz que brilla en las tinieblas representa el Espíritu, la Vida, la transmisión del pensamiento. La luz se eleva por oriente y se pone por occidente; el astro, al renacer, produce la iluminación. El sol, en su recorrido, pasa por el sur, por la plenitud de la vida, y desciende y muere por el oeste, la tierra de los muertos. Así, existe el día y la noche, la luz y las tinieblas, con las transiciones de la aurora y del crepúsculo.
Después de estos tres puntos cardinales –este, sur, oeste- ¿cómo situar el norte? ¿Cómo relacionar nuestra tradición con la estrella Polar tan bien definida por René Guénon? Henry Corbin ha estudiado esta dimensión vertical, que va del nadir al cenit, con su luz del norte. “Sol de medianoche, resplandor de la aurora boreal. Ya no es el día el que reemplaza a la noche, ni la noche la que sucede al día. Es el día el que irrumpe en plena noche y el que convierte en día esta noche que, a pesar de todo, siempre está ahí, pues es una Noche de luz”.
Esta luz está simbolizada por el cirio, la llama. Hay que tener en cuenta que según las sociedades secretas el resplandor de la Luz atraviesa la opacidad del alma. El enigma de la luz, es fuente de la vida espiritual y del conocimiento...

La alquimia
Fulcanelli nos dice: "Edificadas por los Frimasons medievales para asegurar la transmisión de los símbolos y de las doctrinas herméticas, nuestras grandes catedrales ejercieron, desde su aparición, considerables influencias sobre gran número de muestras más modestas de la arquitectura civil o religiosa.


Bayard nos dice que; “los alquimistas asignaron nombres muy particulares a las coloraciones variadas que marcaron sus investigaciones y que reencontramos en los monumentos. El fuego sagrado –agente de la transmutación- actúa sobre la mezcla contenida en el huevo de cristal, el atanor: la materia se vuelve negra al cabo de cuarenta días; es el estadio de la “Cabeza de cuervo” o del “Caos”. La materia toma después una coloración blanca, que significa que la vida ha vencido a la muerte; el blanco señala la unión de lo fijo con lo volátil. A continuación, aparecen colores variados en relación ascendente dentro del espectro luminoso, del violeta al rojo púrpura, coloración definitiva de la obra.
Los tres colores Alquímicos son; el negro, el blanco y el rojo (colores del estandarte o bandera templaria). Estos colores del fuego de Agni, custodiado por los sacerdotes que sostiene un gran cuerno negro. Estos ritmos de transformación crean colores tales como el del pavo real y el fénix o la paloma.


Aunque San Juan Bautista fuera vestido de violeta (simbólicamente), hay que tomar en consideración el negro, que no es el símbolo de la muerte, de la desesperación ni del caos. Osiris fue un dios negro, que tomaba ese color sólo cuando ejercía de juez; Krisna es azul muy oscuro casi negro se podría decir y en la catedral de Saint-Flour existe un Cristo negro, sin duda a imagen de las Vírgenes negras, descendientes de las diosas de la fecundidad.


En la piedra negra de La Meca, el color negro simboliza el bautismo hacia lo superior; con frecuencia asociado al verde, se presenta como sustancia eterna y creadora. Simboliza la divinidad que regenera al hombre en las entrañas de la tierra madre y le comunica una nueva visión del mundo y de la vida: La vida procede de la muerte y de la muerte brota la vida.
Fulcanelli nos dice: (Explicando la colocación y características de iluminación y dimensiones de los rosetones en las Iglesias), "De esta manera se suceden, en las fachadas de las catedrales góticas, los colores de la Obra, según una evolución circular que va desde las tinieblas -representadas por la ausencia de luz y el color negro- a la perfección de la luz rubicunda, pasando por el color blanco, considerado como "intermedio entre el negro y el rojo".En la Edad Media el rosetón central se llamaba Rota, la rueda. Ahora bien, la rueda es el jeroglífico alquímico del tiempo necesario para la cocción de la materia filosofal y, por ende, de la propia cocción. El fuego mantenido, constante e igual, que el artista alimenta noche y día en el curso de esta operación, se llama, por esta razón, fuego de rueda. Sin embargo, además del calor necesario para la licuefacción de la piedra de los filósofos, se necesita un segundo agente, llamado fuego secreto o filosófico. Es este último fuego, excitado por el calor vulgar, lo que hace girar la rueda y provoca los diversos fenómenos que el artista observa en su redoma:


El rosetón representa, pues, por sí solo, la acción del fuego y su duración. Por esto los decoradores medievales trataron de reflejar, en sus rosetones, los movimientos de la materia excitada por el fuego elemental... En la arquitectura de los siglos XIV y XV, la preponderancia del símbolo ígneo, que caracteriza claramente el último período del arte medieval, hizo que se diera al estilo de esta época el nombre de Gótico flamígero.


Ciertos rosetones; tienen un sentido particular que subraya todavía más las propiedades de esta sustancia que el Creador selló con su propia mano. Este sello mágico le dice al artista que ha seguido el buen camino y que la mixtura ha sido preparada según los cánones. Es una figura radiada, de seis puntas (digamma), llamada Estrella de los Magos, que resplandece en la superficie del compuesto, es decir, encima del pesebre en que descansa Jesús, el Niño-Rey". Y termina diciendo Fulcanelli, "este signo tiene el más alto interés para el alquimista -¿acaso no es el astro que le guía y que le anuncia el nacimiento del Salvador?-"...


Hablándonos de las formas, Fulcanelli nos dice que "con raras excepciones, el plano de las iglesias góticas -catedrales, abadías, etc.- adopta la forma de un cruz latina tendida en el suelo. Ahora bien, la cruz es el jeroglífico alquímico del crisol... Según Ducange, en el latín de la decadencia, crucibulum, crisol, tenía por raíz, crux, crucis, cruz.
Efectivamente, es en el crisol donde la materia prima, como el propio Cristo, sufre su Pasión; es en el crisol donde muere para resucitar después, purificada, espiritualizada, transformada. Por otra parte, ¿acaso el pueblo, fiel guardián de las tradiciones orales, no expresa la prueba terrenal humana mediante parábolas religiosas y símiles herméticos? -Llevar su cruz, subir al Calvario, pasar por el crisol de la existencia, son otras tantas frases corrientes donde encontramos un idéntico sentido bajo un mismo simbolismo.


No olvidemos que, alrededor de la cruz luminosa vista en sueños por Constantino, aparecieron estas palabras proféticas que hizo pintar en su labarum: In hoc signo vinces; Y por este signo vencerás. Recordad también, hermanos alquimistas, que la cruz tiene la huella de los tres clavos que se emplearon para inmolar al Cristo-materia, imagen de las tres purificaciones por el hierro y por el fuego. Meditad igualmente sobre este claro pasaje de San Agustín en su Diálogo con Trifón (Dialogus cum Tryphone, 40): "El misterio del cordero que Dios había ordenado inmolar en Pascua -dice- era la figura del Cristo, con la que los creyentes pintan sus moradas, es decir, a ellos mismos, por la fe que tienen en Él. Ahora bien, este cordero que la ley ordenaba que fuera asado entero era el símbolo de la cruz que el Cristo debía padecer. Pues el cordero, para ser asado, es colocado de manera que parece una cruz: una de las ramas lo atraviesa de parte a parte, desde la extremidad inferior hasta la cabeza; la otra le atraviesa las espaldillas, y se atan a ella las patas anteriores del cordero (el griego dice: las manos).


La cruz es un símbolo muy antiguo, empleado desde siempre, en todas las religiones, en todos los pueblos, y se equivocaría quien la considerase como un emblema especial del cristianismo. Diremos incluso que el plano de los grandes edificios religiosos de la Edad Media, con su adición de un ábside semicircular o elíptico soldado al coro, adopta la forma del signo hierático egipcio de la cruz ansada, que se lee ank y designa la vida universal oculta en las cosas. Por otra parte, el equivalente hermético del signo ank es el emblema de Venus o Ciprina (en griego la impura), el cobre vulgar que algunos han traducido por bronce y latón. "Blanquea el latón y quema tus libros", nos repiten todos los buenos autores, impura, en griego, es la misma palabra que azufre el cual, en este caso, tiene la significación de estiércol, excremento, basura. "El sabio encontrará nuestra piedra hasta en el estiércol -escribe el Cosmopolita-, mientras que el ignorante no podrá creer que se encuentre en el oro".


Y es así como el plano del edificio o templo cristiano nos revela las características de la materia prima, y su preparación, por el signo de la Cruz; Teniendo como resultado para los alquimistas la obtención de la Primera piedra angular de la Gran Obra filosofal.

Signos lapidarios y Marcas de cantería
Bayard nos dice que; "Sobre todas estas construcciones se observan marcas y señales que parecen misteriosas; interpretarlas suele excitar nuestra imaginación. Estas marcas no son exclusivas de la construcción medieval; Jean-Flippe Lauer ha observado en el transcurso de las excavaciones que al pie de la pirámide de Keops, en los bloques había numerosos signos, al igual que en la "Tumba de la Cristiana", en Argelia. Generalmente se trata de las marcas dejadas por los obreros que trabajaron a destajo, lo que permite determinar el número de obreros que trabajaron en la construcción. En los castillos y las fortalezas -entre ellas los Krak de Siria- también se ven estas inscripciones.
También hay "marcas de posición", que permiten indicar la posición de la pieza tallada y situar las junturas del armazón, así como el asiento de las piedras. Gracias a este código (números, letras y signos) se pueden situar fácilmente las piezas en el lugar determinado.


Por último, existe una serie de marcas más misteriosas que sólo pueden comprenderse a partir de un estudio simbólico. Estas marcas son particularmente numerosas en las lápidas sepulcrales".


Juan G. Atienza nos dice refiriéndose a las marcas de cantería:
"Según ha pretendido demostrarnos la investigación racionalista, los canteros medievales, con sus marcas sobre la piedra, trataban de establecer una especie de contabilidad para valorar el trabajo cotidiano y cobrar su soldada de acuerdo con la labor realizada. Afortunadamente, en los últimos tiempos se ha ido olvidando esta especie de explicación primaria y ya se celebran congresos y se realizan estudios llenos de seriedad científica donde se reconoce, cuando menos, que estas marcas de identificación de los constructores medievales era algo más que un simple recibo o un mero cómputo de trabajo. Sin embargo, la explicación todavía más corriente entre los actuales estudiosos de estas marcas gliptografías es el reconocimiento de que se trataría de marcas gremiales, adoptadas por las distintas logias de constructores para dar cuenta y razón de su obra; algo parecido a los carteles grabados en piedra en algunos edificios, en los que el arquitecto pone su nombre para que se recuerde quién lo ha construido.

El problema, a la hora de aceptar esta última explicación autorizada, surge cuando se comprueba cómo muchas de estas marcas canteriles coinciden con esquemas plásticos que formaron parte de las preocupaciones del ser humano cuando el hecho de labrar la piedra era algo más que un oficio y se convertía en un acto trascendente, en un mensaje destinado a ser recordado mucho más allá de la vida de su autor. Los petroglifos protohistóricos que se encuentran en las costas atlánticas, atribuidos a los pueblos celtas, aunque seguramente en su mayoría fueron realizados antes de su aparición, son, también contra las explicaciones simplistas de la investigación académica, empeñada en identificarlos con simples relaciones de cabezas de ganado o con esquemas de cualquier artilugio de uso cotidiano, auténticos mensajes en los que algunos de nuestros más remotos ancestros trataron de darnos cuenta de unos conocimientos que todavía no hemos llegado a captar.

Pudo tratarse de saberes astronómicos, de operaciones matemáticas, de mensajes semánticos por los que se comunicaban ideas o incluso creencias, pero sería algo totalmente antinatural pensar seriamente que aquellos antepasados se hubieran dedicado a contar algo tan perecedero como vacas u ovejas valiéndose de una técnica tan absolutamente perenne como es la piedra grabada por el buril. Del mismo modo cae la idea de las piedras de los canteros, supuestamente grabadas para dar cuenta del trabajo cotidiano de cada oficial, cuando habría sido infinitamente más fácil y hasta útil haber realizado aquellas marcas valiéndose de pintura o de carboncillos


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